60 años después de la Nakba : Los palestinos, un pueblo.

Publié le par Julien Salingue

[Traducido del francés para La Haine por Felisa Sastre]

El 15 de mayo de 2008, día del sesenta aniversario de la Nakba, Cisjordania y la franja de Gaza han sido el escenario de diversas iniciatiavas encaminadas a conmemorar la « Catástrofe » que supuso la expulsión de 800.000 palestinos con motivo de la fundación del Estado de Israel. Contrariamente a lo sucedido durante las ceremonias que se han desarrollado al otro lado del Muro para celebrar el sesenta aniversario de la Declaración de Independencia, aquí no había nada que festejar porque sesenta años después los refugiados siguen viviendo en campos de Cisjordania, Gaza, Jordania, Siria o Líbano. Sesenta años después, las expusiones continúan, a través de expropiaciones derivadas de la expansión de las colonias o de la construcción del Muro. Sesenta años después se le sigue negando al pueblo palestino el derecho de autodeterminación, el derecho a tener una identidad, el derecho a tener una Historia.

Desde hace semanas las autoridades israelíes venían anunciando la “muy probable posibilidad” de que un atentado sangriento transformara el día de fiesta en un día negro, justificando así el hecho de apretar la tuerca sobre los territorios palestinos y asfixiarlos todavía más. Pero el atentado no se ha producido y los soldados, que habitualmente se dedican a acosar a los palestinos en cualquiera de los 550 puestos de control de Cisjordania o en sus incursiones, han desfilado y todo el mundo se ha quedado extasiado. Los jefes de Estado extranjeros, que han boicoteado “la otra” ceremonia, han expresado sus simpatías hacia el Estado de Israel, algo que todo el mundo ha agradecido. Los aviones de caza israelíes, acostumbrados a bombardear la franja de Gaza, han dibujado espectaculares trazados en el cielo entre los aplausos de todos.

Para los palestinos, el 15 de mayo de 2008 fue un día negro como cualquier otro. Como lo había sido el 14, y como lo fue el 16. Un día negro más. Para ser exactos, el día 21.915 desde la Nakba. 21.915, como el número de globos negros, soltados desde diversas ciudades y campos de refugiados con la esperanza de que se pudieran ver en Jerusalén y recordaran a los participantes en la fiesta que tenía lugar al otro lado del Muro que el 15 de mayo es un día de duelo para toda una nación. Que les recordaran que sesenta años antes Israel había surgido gracias a la limpieza étnica, condición matemáticamente indispensable para el establecimiento de un Estado judío en un territorio mayoritariamente poblado por árabes palestinos.

Al dejar Jenin a las siete de la mañana, en compañía de mujeres y niños del campo de refugiados, en un autobús alquilado por la asociación “Not to forget” [Para no olvidar], creada en recuerdo y tras los trágicos sucesos de abril de 2002 en Jenin, no sé en qué va consistir mi jornada, incluso sabiendo que estará, como la todo el mundo en los territorios palestinos, dedicada a la memoria de la Nakba. He decidido, en efecto, ir –en la medida en que las condiciones de circulación lo permitan- a varias ciudades con el fin de asistir a diversos actos organizados con motivo de la conmemoración del sesenta aniversario del inicio de la tragedia palestina.

Al llegar, quince horas después, a Halhul, cerca de Hebrón, no puedo evitar pensar que en esta jornada no sólo he atravesado Cisjordania de norte a sur sino también 60 años, si no más, de la Historia del pueblo palestino.

En Ramala, los viejos están allí, en un terreno rebautizado como “Camp al-Awda” (Campamento del Retorno) en el que han instalado tiendas de campaña en memoria de los primeros años pasados en los campamentos de la ONU. Algunos cuentan a los más jóvenes la expulsión y el exilio. Han llevado consigo fotos de la época, la llave de su casa o los documentos de propiedad que prueban que son dueños de unas tierras, allá abajo, que les han robado. Los rostros arrugados de hombres y mujeres, marcados por 60 años de éxodo forzado, expresan al mismo tiempo desamparo y dignidad, cansancio y rebelión, extenuación y determinación. Testigos vivos de la existencia de un plan de expulsión elaborado por los dirigentes del movimiento sionista de finales de los años 40, no son el producto de fantasmas malsanos ni de pulsiones autodestructivas de perversos y masoquistas historiadores israelíes.

En el campo de Aida, cerca de Belén, a unos metros del Muro y al pie del imponente Portail du Retour [Puerta del Retorno], sobre la que se eleva una no menos impactante llave de 10 metros de largo, construidos ambos con motivo del sesenta aniversario de la Catástrofe, están cientos de personas, en su mayoría niños, con globos negros que pronto van a surcar el cielo de Belén y de la próxima y lejana Jerusalén.

Atados a los globos, carteles en los que se han escrito los nombres de las ciudades y pueblos de los que sus abuelos fueron expulsados. Pueblos arrasados posteriormente o abandonados a la ruina, como prueba de que el objetivo de las milicias sionistas no era sólo acaparar la tierra sino, y sobre todo, expulsar a sus habitantes. Atados también, hay mensajes dirigidos al resto del mundo para decir que, 60 años después, los refugiados todavía están allí y no han renunciado a sus derechos, incluso si para que los escuchen tienen que recurrir al espacio, ya que no pueden romper los muros de los guetos en los que se querría que se resignaran a vivir.

En el Centro Cultural Handala, en el campo de al-Azzah, situado cerca de Aida, se dan los últimos toques a los preparativos del espectáculo que se va a presentar dentro de unas horas en el marco de un festival organizado en la aldea vecina de Beit Sahur. Mientras que los más jóvenes escuchan atentamente los últimos consejos que les dan los monitores del Centro, un grupo de adolescentes ensaya una Dabka, danza tradicional palestina, en un ambiente alegre y de concentración. Las salas del Centro son muy pequeñas y los bailarines tienen dificultad para no chocar unos con otros al ejecutar sus pasos. En cuanto a los pequeños, que van representar un sainete mezcla de mimo y danza, los últimos ajustes resultan un poco difíciles, pero su paciencia y su aplicación dan testimonio de la importancia que le dan, también ellos, al acto.

En el autobús que nos lleva de al Azzah a Beit Sahur, los jóvenes del Centro Handala hacen fiesta: se canta, se silba, se baten palmas... El vehículo no pasa desapercibido en las calles de Belén y numerosos peatones hacen gestos de simpatía y de ánimo hacia los pasajeros del autobús. Los adolescentes del grupo de danza van vestidos con sus trajes de baile: trajes tradicionales palestinos con pantalones negros, largas camisas amarillas y pañuelos rojos en las chicas. Los más pequeños llevan camisetas negras en conmemoración del 60 aniversario de la Nakba, en cuya parte de atrás se leen cuatro números: 1948, año de la Catástrofe. Los tres primeros en blanco y el último en rojo; 194 en alusión a la Resolución de la ONU, aprobada también en 1948, en la que se ordena: “Que se permita a los refugiados que así lo deseen volver a sus hogares lo antes posible”.

En un aparcamiento del pueblo cristiano de Beit Sahur, se ha levantado un escenario, cubierto con un toldo negro y sobriamente adornado con banderas palestinas. Encima del tablado, una pancarta con el mensaje “la normalización de las relaciones con el ocupante se opone al derecho al retorno”. Los grupos musicales y de danza o teatrales actúan unos tras otros. Son jóvenes y es evidente que se han preparado durante mucho tiempo para la ocasión y el público está entregado. Los dos grupos del Centro Cultural Handala por su parte, realizan sus números, que se desarrollan sin incidentes y abandonan el escenario entre grandes aplausos del público. Les sigue un grupo de rap compuesto por dos chicos y una chica de la localidad vecina de Beit Jala y del campo de refugiados de Aida.

Aparece en escena, a continuación, el último grupo de danza: 8 muchachos y 8 chicas vestidos con espléndidos trajes tradicionales resplandecientes que van a bailar la Dabka con la que se clausurará la velada. Este grupo tiene una particularidad: son de los que se conoce aquí como palestinos del 48, habitualmente y de forma inapropiada calificados de “árabes israelíes” con el fin de negar el hecho de que ellos también son una parte esencial de la nación palestina. El millón trescientos mil palestinos del 48 son los descendientes de los 150.000 árabes palestinos que no huyeron de sus tierras cuando se produjo la gran expulsión de 1948. Tras 18 años sometidos a la ley marcial, en 1966 consiguieron la nacionalidad israelí pero desde entonces sufren discriminaciones y violencia. Se encuentran relegados a una posición de ciudadanos de segunda clase, y no pueden, por ejemplo, comprar tierras pertenecientes al Estado o a propietarios judíos. Su estatuto de infraciudadanos revela la contradicción inherente en la autodefinición de Israel “como Estado judío y democrático”.

Su presencia en Beit Sahur, la tarde del 15 de mayo, es simbólica por más de una razón. Han venido a testimoniar su solidaridad con los antiguos vecinos de sus abuelos y lo han hecho también, porque comparten identidad con la del resto de la nación palestina. Han venido, finalmente, a bailar una danza tradicional tan parecida que no puede distinguirse de las de los grupos que los han precedido, lo que supone la afirmación de la unidad del pueblo palestino. [Una identidad que va] más allá de las separaciones impuestas desde hace 60 años entre los palestinos del interior y los del exterior, entre los que viven en Israel y los de los territorios ocupados, entre los de Cisjordania y los de Gaza, y que encarna la indivisibilidad de la nación palestina, unida en la adversidad y en la lucha por la independencia.

Su admirable interpretación entusiasma al público. Mientras bailan la Dabka, se forman grupos pequeños entre los espectadores que a su vez se poner a bailar rítmicamente. Cada vez que los bailarines dan palmas, los asistentes les acompañan, cada vez con mayor fuerza. Durante 30 minutos, el pequeño aparcamiento de Sahur es el escenario de una comunión asombrosa en la que, durante la duración de la danza, la alegría de vivir y de estar reunidos ha reemplazado el recuerdo del duelo y de la separación. Los 16 adolescentes dejan el escenario agotados y felices, bajo las aclamaciones de una audiencia entusiasmada, para tomar rápidamente el autobús que les va a devolver al otro lado del Muro. Su actuación, rebosante de energía, entusiasmo y de sonrisas ha proporcionado, por encima de todo, su profundo sentido a este tipo de iniciativas que algunos podrían considerar más folclóricas que políticas.

Una nación a la que se trata de borrar su historia, identidad, incluso su existencia, tiene una relación especial con su cultura. Cuando los adolescentes palestinos vestidos con trajes tradicionales bailan una danza tradicional el día del aniversario de la Nakba, hacen algo más que rendir un homenaje a sus abuelos. Testifican que tienen una cultura, costumbres y tradiciones. Que tienen una historia pasada, presente y futura. Que son, simplemente, un pueblo. Contra las mentiras de los dirigentes del movimiento sionista que llegaron a decir que Palestina era “una tierra sin pueblo para un pueblo son tierra”. Contra las provocaciones de un antiguo primer ministro del Estado de Israel que declaró en 1948: “Los palestinos no existen”. Contra los engaños de todos los que han repetido, y repiten todavía hoy, que los no judíos no son sino intrusos en una tierra que Dios y los neoconservadores de Washington habrían decidido que fuera sólo para sus habitantes judíos.

Este 15 de mayo en Beit Sahur, los bailarines de la Dabka son al mismo tiempo los portavoces de la tragedia del pueblo palestino en el pasado, y de su drama actual. Son la representación de que el pueblo palestino recuerda más que nunca la Nakba y de que sus jóvenes generaciones están dispuestas a tomar el relevo en la lucha contra el olvido. Son la demostración de una verdad que algunos tratan de negar: el pueblo palestino ha existido, existe y seguirá existiendo. Sus pasos de baile están cargados de Historia y sus sonrisas de adolescentes son una señal de esperanza.

Este 15 de mayo en Beit Sahur, los bailarines de la Dabka lanzan un desafío al mundo, de la misma manera que antes, después de comer, sus primos de Gaza han lanzado piedras contra el ejército israelí, y sus vecinos de Aida han enviado al cielo globos negros. Afirman simplemente que son palestinos, que tienen derechos y que se niegan a someterse. Los ancianos del “Campo del Retorno” en Ramala, pueden colocar la llave de sus casas debajo de la almohada y dormir tranquilos. El relevo está asegurado.

Publié dans Castillano

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